Una vez leí, creo, en El Retorno de los Brujos de Pauwels y Bergier, que el pionero paranormal Charles Fort destruyó su primer archivo de hechos inexplicables cuando se dio cuenta de que sus apuntes no eran más que una colección de datos sin mayor sentido ni relacionados entre sí. Lluvia de sapos por aquí, aparición de fantasmas por acá, animal desconocido por allá. Luego, sin embargo, el libro cuenta que el bueno de Fort retomó su afición, pero esta vez armado de una nueva razón de ser, descubierta cuando formuló sus propias teorías que ligaban y trataban de explicar las aparentemente inconexas situaciones misteriosas que recopilaba. Que le encuentres sentido o no a sus teorías, es otra cosa. Lo importante es que se dio cuenta de que la mera recolección de datos no bastaba y por eso hoy se denomina como Forteana a la ciencia-seudociencia que estudia los fenómenos anómalos.
Y yo crecí con ganas de ser forteano. Desde chico me atrajo el mundo de los fenómenos paranormales. Leía los diarios con noticias de ovnis, veía los X-Files y disfrutaba pensando en el día en que alguien descubriera a Nessie o encontrara evidencia definitiva de la existencia del Yeti. Es más, hasta soñaba que ese afortunado investigador de lo oculto perfectamente podría ser yo.
Pero, haciendo corta la historia, pasó el tiempo y al final no me quedó otra que asumir un hecho decepcionantemente sencillo: nunca, pero nunca, se habían descubierto pruebas indesmentibles de la existencia de algo más allá de lo normal, idolatrados exploradores de lo misterioso se me revelaban como chantas y el mundo real, ése donde tienes que pagar las cuentas mes a mes, me llamaba a gritos para sumarme a sus filas productivas. Cierto, relatos, cuentos, anécdotas y fotos borrosas de fenómenos extraños hay muchos, pero siendo honestos nada me decía “ok, no estás perdiendo el tiempo”.
Así fue como, en gruesas pinceladas, de ser un esperanzado creyente, me convertí en un desilusionado escéptico. Dejé de actualizar mi apócrifo blog paranormal que incluso me llevó a compartir nota en LUN junto al gran Hugo Zepeda en una noticia sobre peces misteriosos en Chiloé. Y aunque igual me permito leer sobre estos temas e incluso soñar con enterarme de alguna maravillosa revelación, le perdí el sentido a ser un fan paranormal. Aunque aún había amor, dejé de encontrarle una razón de ser al tener interés por estos temas, más allá de leer el reportaje ocasional en diarios o revistas.
Y allí entran Ortega y Baradit con su podcast Desde el Fin del Mundo. Aparte del placer de escuchar a estos dos locos entretenidos hablando de las paranormalidades que a uno le interesan, al principio me llamaba la atención esa mezcla entre querer abordar seriamente los temas y, al mismo tiempo, querer describirlos casi como hechos probados. Me preocupaba, como buen escéptico despechado, que los seguidores del podcast de verdad se creyeran todas las conspiraciones, apariciones, avistamientos y freakeríos descrito porque, después de todo, no hay pruebas de nada en realidad, sólo teorías, elucubraciones y soñar con lo lindo que sería que, de verdad, el mundo fuera tan mágico e inesperado.
Ésa fue la clave. Baradit y Ortega lo dijeron en uno de los podcast. El mundo es mágico, Chile es mágico y está lleno de significados, historias y fenómenos que pueden nutrir la imaginación y servirte como materia prima para crear. Fue darse cuenta de que no necesitas creerte la existencia real de los fenómenos paranormales para poder disfrutarlos, asombrarte y usarlos para rescatar las raíces y crear a partir de ellas. Sin querer, Desde el Fin del Mundo le dio una nueva razón de ser a mi gusto por lo paranormal, lo freak y lo chileno.
Y eso, como diría Charles Fort, no es necesariamente casualidad.